martes, 22 de marzo de 2011

JUEVES SANTO

martes, 15 de marzo de 2011

ITINERARIO DE CUARESMA PARA CRECER

DOMINGO DE RAMOS

Evangelio: Mateo 26, 14-75; 27, 1-54
"Pasión de nuestro Señor Jesucristo"

A. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo:
B. «¿Cuánto me dan si les entregó a Jesús?»
A. Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo.
El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron:
B. «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
A. El respondió:
†. «Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: “El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa” ».
A. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.
Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce, y mientras cenaban, les dijo:
†. «Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme».
A. Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno:
B. «¿Acaso soy yo, Señor?»
A. El respondió:
†. «El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido».
A. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
B. «¿Acaso soy yo, Maestro?»
A. Jesús le respondió:
†. «Tú lo has dicho».
A. Durante la cena, Jesús tomó un pan, y pronunciada la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
†. «Tomen y coman. Este es mi Cuerpo».
A. Luego tomó en sus manos una copa de vino, y pronunciada la acción de gracias, la pasó a sus discípulos, diciendo:
†. «Beban todos de ella, porque ésta es mi Sangre, Sangre de la nueva alianza, que será derramada por todos, para el perdón de los pecados. Les digo que ya no beberé más del fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre».
A. Después de haber cantado el himno, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo:
†. «Todos ustedes se van a escandalizar de mí esta noche, porque está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea».
A. Entonces Pedro le replicó:
B. «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré».
A. Jesús le dijo:
†. «Yo te aseguro que esta misma noche, antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces».
A. Pedro le replicó:
B. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
A. Y lo mismo dijeron todos los discípulos.
Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a los discípulos:
†. «Quédense aquí mientras yo voy a orar más allá».
A. Se llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo:
†. «Mi alma está llena de una tristeza mortal. Quédense aquí y velen conmigo».
A. Avanzó unos pasos más, se postró rostro en tierra y comenzó a orar, diciendo:

†. «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
A. Volvió entonces a donde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
†. «¿No han podido velar conmigo ni una hora? Velen y oren, para no caer en la tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
A. Y alejándose de nuevo, se puso a orar, diciendo:
†. «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
A. Después volvió y encontró a sus discípulos otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Los dejó y se fue a orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Después de esto, volvió a donde estaban los discípulos y les dijo:
†. «Duerman ya y descansen. He aquí que llega la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está aquí el que me va a entregar».
A. Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó Judas, uno de los Doce, seguido de una chusma numerosa con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que lo iba a entregar les había dado esta señal:
B. «Aquel a quien yo le dé un beso, ése es. Aprehéndanlo».
A. Al instante se acercó a Jesús y le dijo:
B. «¡Buenas noches, Maestro!»
A. Y lo besó. Jesús le dijo:
†. «Amigo, ¿es esto a lo que has venido?»
A. Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo apresaron.
Uno de los que estaban con Jesús, sacó la espada, hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó una oreja. Le dijo entonces Jesús:
†. «Vuelve la espada a su lugar, pues quien usa la espada, a espada morirá. ¿No crees que si yo se lo pidiera a mi Padre, él pondría ahora mismo a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Pero, ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, que dicen que así debe suceder?»
A. Enseguida dijo Jesús a aquella chusma:
†. «¿Han salido ustedes a apresarme como a un bandido, con espadas y palos? Todos los días yo enseñaba, sentado en el templo, y no me aprehendieron. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las predicciones de los profetas».
A. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que aprehendieron a Jesús lo llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde los escribas y los ancianos estaban reunidos. Pedro los fue siguiendo de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello.
Los sumos sacerdotes y todo el sanedrín andaban buscando un falso testimonio contra Jesús, con ánimo de darle muerte; pero no lo encontraron, aunque se presentaron muchos testigos falsos. Al fin llegaron dos, que dijeron:
B. «Este dijo: “Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».
A. Entonces el sumo sacerdote se levantó y le dijo:
B. «¿No respondes nada a lo que éstos atestiguan en contra tuya?»
A. Como Jesús callaba, el sumo sacerdote le dijo:
B. «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
A. Jesús le respondió:
†. «Tú lo has dicho. Además, yo les declaro que pronto verán al Hijo del hombre, sentado a la derecha de Dios, venir sobre las nubes del cielo».
A. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó:
B. «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?»
A. Ellos respondieron:
B. «Es reo de muerte».
A. Luego comenzaron a escupirle en la cara y a darle de bofetadas. Otros lo golpeaban, diciendo:
B. «Adivina quién es el que te ha pegado».
A. Entretanto, Pedro estaba fuera, sentado en el patio. Una criada se le acercó y le dijo:
B. «Tú también estabas con Jesús, el galileo».
A. Pero él lo negó ante todos, diciendo:
B. «No sé de qué me estás hablando».
A. Ya se iba hacia el zaguán, cuando lo vio otra criada y dijo a los que estaban allí:
B. «También ése andaba con Jesús, el nazareno».
A. El de nuevo lo negó con juramento:
B. «No conozco a ese hombre».
A. Poco después se acercaron a Pedro los que estaban allí y le dijeron:
B. «No cabe duda de que tú también eres de ellos, pues hasta tu modo de hablar te delata».
A. Entonces él comenzó a echar maldiciones y a jurar que no conocía a aquel hombre. Y en aquel momento cantó el gallo. Entonces se acordó Pedro de que Jesús había dicho: “Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces”. Y saliendo de allí se soltó a llorar amargamente.
Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Después de atarlo, lo llevaron ante el procurador, Poncio Pilato, y se lo entregaron.
Entonces Judas, el que lo había entregado, viendo que Jesús había sido condenado a muerte, devolvió arrepentido las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo:
B. «Pequé, entregando la sangre de un inocente».
A. Ellos dijeron:
B. «¿Y a nosotros qué nos importa? Allá tú».
A. Entonces Judas arrojó las monedas de plata en el templo, se fue y se ahorcó.
Los sumos sacerdotes tomaron las monedas de plata y dijeron:
B. «No es lícito juntarlas con el dinero de las limosnas, porque son precio de sangre».
A. Después de deliberar, compraron con ellas el Campo del alfarero, para sepultar allí a los extranjeros. Por eso aquel campo se llama hasta el día de hoy "Campo de sangre”. Así se cumplió lo que dijo el profeta Jeremías: “Tomaron las treinta monedas de plata en que fue tasado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el Campo del alfarero, según lo que me ordenó el Señor”.
Jesús compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó:
B. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
A. Jesús respondió:
†. «Tú lo has dicho».
A. Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces le dijo Pilato:
B. «¿No oyes todo lo que dicen contra ti?»
A. Pero él nada respondió, hasta el punto de que el procurador se quedó muy extrañado. Con ocasión de la fiesta de la Pascua, el procurador solía conceder a la multitud la libertad del preso que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo, pues, Pilato a los allí reunidos:
B. «¿A quién quieren que les deje en libertad: a Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?»
A. Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia.
Estando él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle:
B. «No te metas con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa».
A. Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el procurador les preguntó:
B. «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?».
A. Ellos respondieron:
B. «A Barrabás».
A. Pilato les dijo:
B. «¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?»
A. Respondieron todos:
B. «Crucifícalo».
A. Pilato preguntó:
B. «Pero, ¿qué mal ha hecho?»
A. Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza:
B. «¡Crucifícalo!»
A. Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo:
B. «Yo no me hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allá ustedes».
A. Todo el pueblo respondió:
B. «¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
A. Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a todo el batallón. Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una caña en su mano derecha, y arrodillándose ante él, se burlaban diciendo:
B. «¡Viva el rey de los judíos!»
A. Y le escupían. Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella en la cabeza. Después de que se burlaron de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar. Juntamente con él crucificaron a dos ladrones.
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Al llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, “Lugar de la Calavera”, le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes, y se quedaron sentados allí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: “Este es Jesús, el rey de los judíos”. Juntamente con él, crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban por allí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole:
B. «Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz».
A. También se burlaban de él los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, diciendo:
B. «Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues él ha dicho: “Soy el Hijo de Dios”».
A. Hasta los ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban.
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra. Y alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz:
†«Elí, Elí, ¿ lemá sabactaní?»
A. Que quiere decir:
†. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
A. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
B. «Está llamando a Elías».
A. Enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y sujetándola a una caña, le ofreció de beber. Pero los otros le dijeron:
B.«Déjalo. Vamos a ver si viene Elías a salvarlo».
A. Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró.

A. Entonces el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que habían muerto, y después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. Por su parte, el oficial y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron:
B. «Verdaderamente éste era Hijo de Dios».
A. Estaban también allí, mirando desde lejos, muchas de las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, y Pilato dio orden de que se lo entregaran. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo, que había hecho excavar en la roca para sí mismo. Hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se retiró. Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro.
Al otro día, el siguiente de la preparación de la Pascua, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato y le dijeron:
B. «Señor, nos hemos acordado de que ese impostor, estando aún en vida, dijo: “A los tres días resucitaré”. Manda, pues, asegurar el sepulcro hasta el tercer día; no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: “Resucitó de entre los muertos”, porque esta última impostura sería peor que la primera».
A. Pilato les dijo:
B. «Tomen un pelotón de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como ustedes quieran».
A. Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, poniendo un sello sobre la puerta y dejaron allí la guardia.

V CUARESMA

Evangelio: Juan 11, 1-45
"Yo soy la resurrección y la vida"

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron decir a Jesús:
«Señor, tu amigo está enfermo».
Al oírlo dijo Jesús:
«Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Por eso Jesús, que amaba a Marta, a su hermana María y a Lázaro, al enterarse de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días donde se hallaba. Sólo entonces dice a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección del ultimo día».
Jesús le dice:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó:
«Sí, Señor: creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús, muy conmovido, preguntó:
«¿Dónde lo han enterrado?»
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar y los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba que era una cueva cubierta con una losa.
Dijo Jesús:
«Quiten la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días».
Jesús le dijo:
«¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«¡Lázaro, ven afuera!»
Y el muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo:
«Desátenlo y déjenlo andar».
Y muchos judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

IV CUARESMA

Evangelio: Juan 9, 1.6-9.13-17.34-38
"Fue, se lavó y volvió con vista"

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un ciego de nacimiento. Escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé» (que significa “Enviado”).
El fue, se lavó y volvió con vista. Y los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, comentaban:
«¿No es ése el que se sentaba a pedir limosna?»
Unos decían:
«Sí, es el mismo».
Otros, en cambio, negaban que se trataba del mismo y decían:
«No es él, sino uno que se le parece».
Pero el ciego decía:
«Soy yo».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego, pues en un sábado Jesús hizo lodo con su saliva y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
El les contestó:
«Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo».
Algunos de los fariseos comentaban:
«Este hombre no puede venir de Dios, porque no respeta el sábado».
Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos, y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
El contestó:
«Que es un profeta».
Le replicaron:
«¿ Es que pretendes darnos lecciones a nosotros, tú que estás lleno de pecado desde que naciste?»
Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees en el hijo del hombre?»
El ciego preguntó:
«Y quién es, Señor, para que crea en El?»
Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: es el que está hablando contigo».
Entonces el hombre dijo:
«Creo, Señor».
Y se postró ante Jesús.

III CUARESMA

Evangelio: Juan 2, 5-42
"Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna"

En aquel tiempo llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era cerca de mediodía.
Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dijo:
«Dame de beber». (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida).
La samaritana le contestó:
«¿Cómo Tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?»
(porque los judíos no se trababan con los samaritanos).
Jesús le dijo:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría agua viva».
La mujer le respondió:
«Señor, si no tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Eres Tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo del que bebieron él y sus hijos y sus ganados?»
Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
La mujer le dijo:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».
Jesús le dijo:
«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así es como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad».
La mujer le dijo:
«Sé que va a venir el Mesías, Cristo; cuando venga Él nos lo explicará todo»
Jesús le dijo:
«Soy yo, el que habla contigo».
Cuando los samaritanos llegaron a verlo, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Muchos más creyeron en Él al oír su palabra, y decían a la mujer:
«Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es de verdad el Salvador del mundo».

II CUARESMA

Evangelio: Mateo 17, 1-9
"Su rostro resplandeció como el sol"

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montaña alta. Allí se transfiguró en su presencia y su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Jesús. Entonces Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es estar aquí! Si quieres, haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo muy amado, en quien me complazco; escúchenlo».
Al oír esto, los discípulos cayeron en tierra, llenos de gran temor. Jesús se acercó y tocándolos les dijo: «Levántense, no teman».
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».